Descubro con agrado que abro mis ojos a un nuevo día, me levanto una vez más en medio del frío que, como de costumbre, por lo menos para mí, es insoportable a las seis de la mañana; apoyo el pie derecho y luego el izquierdo, labor que juro realizo de manera totalmente mecánica e inconsciente, alejada de toda superstición mundana, y me estiro suavemente, para alejar las motas de sueño que aún cubren mi cuerpo.
Una vez más me repito que debo cambiar con urgencia el tono de alarma con el que me despierto, pues de lo contrario terminaré prematuramente mi existencia a causa de un infarto o de un ataque de ansiedad. Después del baño de siete minutos y de la postura afanosa de cada una de las prendas que me protegen del inmisericorde clima, de un rápido desenredo del cabello y de un “hasta luego” de mis parientes, salgo de mi acogedora morada con la fuerza necesaria para afrontar las adversidades de este día, pues, como he aprendido, nada se sabe con certeza.
El primer desafío, y el más duro diría yo, tiene lugar a eso de las siete y quince minutos, cuando llego a la parada del bus y miro que, a mi alrededor, seis personas tiritan entre sus chaquetas , atiborradas bajo el pequeño techo que las guarda del sereno. ¿Qué pensarán en estos momentos? Hoy es lunes y todos deben volver a la rutina de sus vidas. Después de unos 10 minutos por fin viene el bus que me llevará a la universidad, como siempre viene lleno; veo los rostros un poco pálidos, un poco apagados, los cabellos aún mojados y a las mujeres que se aplican apresuradamente un poco de maquillaje para ocultar las ojeras; no las culpo, pues a veces sólo el corrector y el polvo compacto logran disimularlas. Me abro paso entre la gente y más de uno me mira de reojo y frunce el ceño porque le molesté con mi morral. No falta tampoco quien le grite al conductor todas esas cosas que grita el colombiano en un medio de trasporte masivo:
-¡Oiga, usted lleva gente no vacas!
-¡jum! ¿Pero qué? ¿Cuántos más le va a meter?
-¡No hermano! ¡Mejor échele segundo piso!
Y eso cuando la persona es decente, porque usted muy bien sabrá que hay palabras más fuertecitas para mostrar la inconformidad. La verdad es que la situación produce indignación; es en esos momentos en los que más deseo una moto para librarme de todos esos malestares que se producen por estar entre las multitudes desde tan temprana hora; además creo que teniendo mi propio medio de transporte quizá tendría la certeza de que voy a llegar temprano a la universidad. Lo curioso es ver cómo, a pesar de la bullaranga y de los chistes estúpidos y obscenos que cuentan en Olímpica estéreo, uno que otro personaje cabecea o babosea los vidrios del vehículo; parece absurdo que alguien pueda dormir en semejantes condiciones, pero creo que esa es otra de las tantas virtudes que tenemos los colombianos.
Trato de superar la incomodidad que siento en medio de este ambiente que considero bastante desagradable y no puedo evitar escuchar alguna conversación que sostienen dos señoras; la que se acaba de subir saluda con una gran sonrisa a la que está sentada frente a mí…
-¡Martha! ¡Cuánto tiempo sin verla!
- ¡lo mismo digo, Rosita! ¡Qué milagro! ¿Y eso por qué tan perdida últimamente?
- no, es que he estado más embolatada con las vueltas de Andrés que va a entrar a estudiar… jum! ¡Imagínese que casi se me lo llevan pal ejército!
-¡Ja! ¿De verdad? ¡Qué peca’o con el chino!
-Sí mana, eso le pasa por andar sin papeles, como lo ven tan grande creen que ya es mayor de edad…
Las señoras siguen platicando muy amenamente, sin moderar el tono de la voz, de sus asuntos familiares, de cómo va el trabajo, de las ocupaciones de los hijos, de las peleas con los maridos, hasta que el núcleo familiar les queda cortico…
-¡oiga! ¿Sí supo lo de la hija de don Ramiro?
- no, ¿qué pasó?
-Pues imagínese que la china está embarazada y lo peor del caso es que dicen que el papá como que es el muchacho ese al que le dicen “el gomelo”.
-¡Ja! ¿En serio? Quién se iba a imaginar que esa peladita con esa cara de inocencia iba a salir con esas; pobrecito don Ramiro que la cuidaba tanto y le estaba dando el estudio… ¡definitivamente los muchachos no piensan!
Ya llevo cuarenta y cinco minutos aquí, como raro ya voy tarde para clase de francés; seguro el profesor piensa que es algo contra él, contra su materia o algo así, porque me he dado cuenta de que a veces me mira con recelo. Lo cierto es que por más de que me esfuerzo no consigo llegar antes de las ocho y quince al salón y él aunque quisiera no podría imaginar toda la travesía que hasta ese momento yo ya he vivido. Él seguramente no piensa en lo molesto que es para un joven de mi edad levantarse temprano, ni en lo tortuoso que es montarse en un bus a que le den codazos a uno; tampoco logrará recrear la escena que yo vi de estas dos mujeres sacando sus cueritos, y los del planeta entero, al sol. Mucho menos esos compañeros que me miran fijamente con sus ojos acusadores, con caras de respetuosos licenciados, podrán adivinar que hoy, 16 de enero de 2012, yo estuve a punto de gritarle al chofer:
-¡Señor!, ¿es que piensa llevarme hasta su casa?
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