miércoles, 24 de agosto de 2011
Diez ideas claves
lunes, 22 de agosto de 2011
BETTELHEIM, Bruno. y ZELAN, Karen. “El acceso a la instrucción”. En: Aprender a leer. Editorial Crítica, 2000, p. 13-41.
En el primer capítulo de su libro Aprender a leer Bruno Bettelheim y Karen Zelan exponen algunas ideas bastante importantes respecto al acceso a la educación, considerado como una experiencia trascendental en la vida de toda persona, dado que en este momento inicia su desarrollo dentro de la sociedad . Teniendo en cuenta la importancia de este acontecimiento, los autores señalan algunos factores determinantes en el proceso de aprendizaje, que, en muchas ocasiones, son tomados a la ligera y terminan afectando drásticamente el desempeño de los estudiantes.
En primer lugar, cabe resaltar que el maestro ocupa un lugar supremamente importante en el proceso educativo, puesto que no sólo es un guía en el aspecto cognitivo sino que también se constituye una de las autoridades que más ejerce influencia a nivel psicológico y social sobre sus alumnos. Por este motivo, se insiste en la necesidad de que el maestro sea realmente ese mediador entre el conocimiento y los estudiantes, pero más que ello, sea un mediador entre el niño que necesita aprehender la cultura que lo rodea y ésta que es un impresionante compendio de tradiciones, costumbres y saberes que se encuentran inmersos a la sociedad.
Asimismo, se sostiene también que el maestro debe estar dispuesto a luchar contra muchos inconvenientes que se pueden presentar en su quehacer diario, como el desinterés de sus alumnos por el aprendizaje y las imposiciones a las que, en muchas ocasiones, se ve sometido dentro de las instituciones educativas; razón por la cual resulta indispensable que el maestro de hoy sea flexible y dinámico para poder adaptarse a las condiciones cambiantes de la sociedad en la que se encuentra y poder responder satisfactoriamente a las demandas de unos alumnos que, en la mayoría de los casos, tienen puesta toda su atención en aspectos más triviales de su entorno que en su propio proceso formativo.
En cuanto a los textos escolares los autores mencionan que por dos razones fundamentales éstos son poco interesantes para los niños, ya que en la mayoría de los casos presentan un grupo de palabras bastante limitado que se repite a lo largo de todo el texto, por lo que no promueven en el niño un incremento significativo de su léxico. Además, las historias con las que se enseña a leer se tornan a veces tan simples que terminan tratando a los niños como si fueran tontos, por lo que estos se aburren al tener que leerlas.
La situación sería muy distinta si todos los niños tuvieran la posibilidad de aprender a leer con la ayuda de sus padres, si en los hogares existiera un aprecio por la lectura, por los buenos libros, que hiciera que los aprendices no se vieran limitados a los monótonos libros de texto que les ofrece las escuela; sin embargo, el maestro debe ser consciente de que, aunque este sería el ideal, dadas las circunstancias que prevalecen en la actualidad, la función educativa cada día se restringe más a él, por lo que debe amar su labor y tener la formación adecuada para ser realmente competente en la enseñanza. Hay que recordar que la enseñanza de la lectura no le compete exclusivamente al maestro que enseña la lengua materna, sino a todos los demás, dado que la competencia lectora y escritora son determinantes en el futuro académico de los niños.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Técnicas visuales
lunes, 15 de agosto de 2011
Algo sobre mí
Cuando trato de recordar cómo transcurrió mi infancia brota de mi memoria una impresionante cantidad de imágenes que no logro identificar con claridad; ante esta imposibilidad para relatar con precisión muchos momentos importantes de mi vida, sólo me resta expresar con certeza que mi niñez fue tranquila y feliz. Mis padres siempre se aseguraron de darme lo que necesitaba: amor, apoyo, y, por supuesto, todas aquellas cosas que se hacían necesarias en el crecimiento de la niña de la casa.
Tras intentar muchas veces hacer de mi viaje a la guardería una aventura, toda la familia se sintió desilusionada, y cuando digo toda me refiero a mamá, papá, al tío Orlando, al abuelo y a no sé cuántas personas más que, simulando estar muy felices, me compraban golosinas y me llevaban “a caballito” con el objetivo de que me convenciera de lo bonito que era ir a aquella casa llena de niños, de la que aún hoy lo único que recuerdo es un delicioso olor avena caliente. Mamá dice que esta travesía no duró más de un mes, por lo que el primer intento de relacionarme con otros niños y con un adulto que no fuera pariente mío resultó un fracaso.
Al fin, mis padres entendieron que tener una hija tan esquiva tenía algunas desventajas y que la mejor decisión que podían tomar era darle tiempo al tiempo y esperar a que el interés por estudiar despertara en mí. Creo que no tuvieron que esperar demasiado, pues al llegar a esta ciudad, con cuatro años de edad, sentí por primera vez la ilusión de ir al colegio. Todos los días veía a los niños que iban camino al colegio, con morralitos parecidos al que papá me había comprado desde hacía un tiempo, y que usaba para guardar un lápiz y un cuaderno por los que ahora sentía un cariño muy especial.
Aunque esta vez era yo quien se mostraba muy interesada en asistir a clases, mis padres sabían que era muy posible que en pocos días me arrepintiera y llorara desesperadamente al llegar al colegio, como había sucedido antes; afortunadamente, en esta ocasión todo salió mucho mejor… eso sí, por mi cabeza no pasaba la idea de quedarme en ese lugar sin mi madre, por lo que también acostumbrarme a ello requeriría algún tiempo. Sin embargo, después de algunas semanas ya me sentía libre y segura dentro de aquel bello lugar: mesitas de colores, sillitas cómodas, estantes con juguetes, un parquecito con resbaladero… qué más podía desear en ese pequeño paraíso.
Ahora tenía mi primer acercamiento realmente importante al mundo de las letras y de las palabras, las tareas de todos los días me parecían muy interesantes y no podía esperar hasta después del almuerzo para empezar a hacerlas, por lo que mamá me alejaba los colores mientras sonreía orgullosa al ver mi entusiasmo. Así, entre pinturas, plastilina, lana, pedacitos de papel y hasta granitos de arroz, transcurrieron mis primeras experiencias de aprendizaje llenas de color e imágenes que me llenaban de alegría. Aunque con los números el proceso fue muy semejante, puesto que se encontraba a cargo de las mismas maestras, no puedo decir que éstos me parecieron tan agradables por lo que imagino que se trata, simplemente, de una cuestión de gusto.
Fueron muchas las historias que escuché de labios de mis padres y maestras durante mi infancia, y muchas otras las que tuve la oportunidad de leer; recuerdo, gratamente, que uno de los primeros libros que pude leer sin ayuda fue Pinocho, cuento que, además de entretenerme, desde muy chica me enseñó que no debía mentir ni desobedecer a las personas que representan autoridad, puesto que las consecuencias podrían ser verdaderamente terribles. Más adelante vinieron otras obras que recibí con gran agrado en su tiempo como Juan Salvador Gaviota, El amor en los tiempos del cólera, El perfume, El retrato de Dorian Gray, Del amor y otros demonios, entre muchos otros, que me han mostrado el maravilloso mundo de la literatura, en el cual apenas me estoy adentrando y del que quiero conocer hasta los más mágicos rincones.



















