Cuando trato de recordar cómo transcurrió mi infancia brota de mi memoria una impresionante cantidad de imágenes que no logro identificar con claridad; ante esta imposibilidad para relatar con precisión muchos momentos importantes de mi vida, sólo me resta expresar con certeza que mi niñez fue tranquila y feliz. Mis padres siempre se aseguraron de darme lo que necesitaba: amor, apoyo, y, por supuesto, todas aquellas cosas que se hacían necesarias en el crecimiento de la niña de la casa.
Tras intentar muchas veces hacer de mi viaje a la guardería una aventura, toda la familia se sintió desilusionada, y cuando digo toda me refiero a mamá, papá, al tío Orlando, al abuelo y a no sé cuántas personas más que, simulando estar muy felices, me compraban golosinas y me llevaban “a caballito” con el objetivo de que me convenciera de lo bonito que era ir a aquella casa llena de niños, de la que aún hoy lo único que recuerdo es un delicioso olor avena caliente. Mamá dice que esta travesía no duró más de un mes, por lo que el primer intento de relacionarme con otros niños y con un adulto que no fuera pariente mío resultó un fracaso.
Al fin, mis padres entendieron que tener una hija tan esquiva tenía algunas desventajas y que la mejor decisión que podían tomar era darle tiempo al tiempo y esperar a que el interés por estudiar despertara en mí. Creo que no tuvieron que esperar demasiado, pues al llegar a esta ciudad, con cuatro años de edad, sentí por primera vez la ilusión de ir al colegio. Todos los días veía a los niños que iban camino al colegio, con morralitos parecidos al que papá me había comprado desde hacía un tiempo, y que usaba para guardar un lápiz y un cuaderno por los que ahora sentía un cariño muy especial.
Aunque esta vez era yo quien se mostraba muy interesada en asistir a clases, mis padres sabían que era muy posible que en pocos días me arrepintiera y llorara desesperadamente al llegar al colegio, como había sucedido antes; afortunadamente, en esta ocasión todo salió mucho mejor… eso sí, por mi cabeza no pasaba la idea de quedarme en ese lugar sin mi madre, por lo que también acostumbrarme a ello requeriría algún tiempo. Sin embargo, después de algunas semanas ya me sentía libre y segura dentro de aquel bello lugar: mesitas de colores, sillitas cómodas, estantes con juguetes, un parquecito con resbaladero… qué más podía desear en ese pequeño paraíso.
Ahora tenía mi primer acercamiento realmente importante al mundo de las letras y de las palabras, las tareas de todos los días me parecían muy interesantes y no podía esperar hasta después del almuerzo para empezar a hacerlas, por lo que mamá me alejaba los colores mientras sonreía orgullosa al ver mi entusiasmo. Así, entre pinturas, plastilina, lana, pedacitos de papel y hasta granitos de arroz, transcurrieron mis primeras experiencias de aprendizaje llenas de color e imágenes que me llenaban de alegría. Aunque con los números el proceso fue muy semejante, puesto que se encontraba a cargo de las mismas maestras, no puedo decir que éstos me parecieron tan agradables por lo que imagino que se trata, simplemente, de una cuestión de gusto.
Fueron muchas las historias que escuché de labios de mis padres y maestras durante mi infancia, y muchas otras las que tuve la oportunidad de leer; recuerdo, gratamente, que uno de los primeros libros que pude leer sin ayuda fue Pinocho, cuento que, además de entretenerme, desde muy chica me enseñó que no debía mentir ni desobedecer a las personas que representan autoridad, puesto que las consecuencias podrían ser verdaderamente terribles. Más adelante vinieron otras obras que recibí con gran agrado en su tiempo como Juan Salvador Gaviota, El amor en los tiempos del cólera, El perfume, El retrato de Dorian Gray, Del amor y otros demonios, entre muchos otros, que me han mostrado el maravilloso mundo de la literatura, en el cual apenas me estoy adentrando y del que quiero conocer hasta los más mágicos rincones.
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