jueves, 19 de abril de 2012

Estudiar y trabajar

Hace unos días me sentía totalmente cansada, tenía ganas de acostarme a dormir y no volver a despertar en por lo menos una semana. Lamentablemente, por más que quisiera, no podía hacerlo; ni siquiera cumplir con las ocho horitas reglamentarias para sentirme tranquila… ¡nada! Ya llevaba tres semanas sin dormir más de 5 horas diarias y sentía que eso me estaba matando.

Soy sólo una estudiante, una mujer que desea salir adelante y que sabe que hay que hacer pequeños sacrificios si realmente se quiere alcanzar el éxito… bueno… qué digo el éxito… alcanzar por lo menos un trabajo digno y estable y un estilo de vida que me haga sentir satisfecha conmigo misma. No estoy segura de si podré alcanzar lo que me propongo, pero de verdad lo espero de todo corazón.

Cuando llegué a mi casa el viernes pasado hice lo que de costumbre: me quité los zapatos, me recogí el cabello para que no me estorbara, me puse mi piyama y me senté a esperar que mi mamá me sirviera la cena. Después de eso me instalé frente al computador y de ahí hasta las 3:00 am estuve haciendo un trabajo de literatura que me tenía preocupadísima. Después de un día de estudio, que finalizó a las 6:00 pm, inició una larga jornada de estudio en mi casa que fue aún más agotadora que la de la universidad. Pero… bueno… cosas peores suceden a mi alrededor, como lo que debe soportar la pobre Vivi todos los días.

La conocí cuando tenía 11 años, somos de la misma edad, y cuando eso éramos chiquitas sumamente esforzadas por cumplir con nuestros deberes escolares. Nuestra amistad se desarrolló entre las mil cosas que hay por ver en la calle de los estudiantes, entre los coloridos ganchos y moños que se ofrecen como pan caliente en aquél lugar y que comprábamos con gran interés a pesar de que en el perfil de la alumna Pilarica estaban totalmente prohibidos.

Nos graduamos en el 2007, Viviana Garnica, como el resto de mis amigas, se inclinó siempre por las matemáticas y la contabilidad, mientras que yo sólo tenía cabeza para las clases de filosofía, inglés y español. Era de suponerse que cada una seguiría con lo que le gustaba desde niña y, afortunadamente, así fue.

Cuando cruzamos palabras por el chat normalmente nos decimos:

- ¡Hola amiga! ¿Cómo estás?

- Bien bien, ¿tú qué me cuentas?

- Nada nuevo Vivi, por aquí estoy haciendo una crónica.

- Ahh bueno -me responde-. Yo estoy preocupada porque tengo un trabajo grandísimo que hacer y no me ha quedado tiempo, nena.

Es ahí cuando me siento afortunada. Estudio en la UIS, siempre hay mucho que hacer, pero por lo menos sé que no tengo más motivos para preocuparme, no tengo que cumplir horarios en un trabajo; no tengo un montón de papeles esperándome en una oficina para que los revise y se los entregue a mi jefe; no tengo que cuadrar cuentas, que no son mías, en las que están involucrados muchos millones de pesos… no tengo que hacer nada de eso, Vivi sí.

A veces siento nostalgia por aquellas épocas en las que éramos sólo niñas y andábamos juntas todo el tiempo, compartíamos nuestras onces, y hablábamos reunidas como era de costumbre, casi siempre las mismas siete: Silvia, Jhoana, María, Jenny, Yami, Vivi y yo. La mona, a quien quiero muchísimo, ya había dejado de estudiar con nosotras porque había escogido la modalidad académica, mientras que nosotras éramos de comercio.

Ahora todas estudiamos cosas diferentes y sabemos qué están haciendo las demás, pero, por obvias razones, ya nada es como antes, pues cada una eligió su camino y está trabajando arduamente para alcanzar los fines que se ha propuesto. Viviana, por ejemplo, tiene que trabajar y estudiar al tiempo; de esa manera puede ayudar en su casa o, por lo menos, ayudarse con los gastos que genera mantenerse en la universidad. El año pasado se graduó como Tecnóloga en Gestión empresarial y éste es uno de esos logros de los cuales uno se siente muy orgulloso, pues ahí uno se da cuenta de que a veces tanto esfuerzo vale la pena y los frutos lo ameritan.

Hace un mes empezamos a cuadrar una salida, pero no ha sido nada fácil ponernos de acuerdo en fecha y hora, pues cada una tiene horarios muy distintos. Jhoana y Vivi, quienes trabajan, cumplen horarios de oficina, entre semana sólo tienen la noche pero deben adelantar sus trabajos y muchas veces los fines de semana también están ocupados. Yo sinceramente espero que podamos llegar a un acuerdo pronto y así podamos contarnos todas esas historias que hemos vivido durante todo el tiempo que no nos hemos visto.

Cuando me siento muy cansada recuerdo la situación en la que se encuentran Viviana, Jhoana y muchos otros jóvenes en nuestro país, quienes tienen que trabajar muy duro para ayudarse con sus estudios. Cuando miro con calma mi situación, no me queda más que agradecerle a la vida, porque sólo tengo que preocuparme por estudiar, y reconocer que me encuentro rodeada de personas luchadoras y valientes que no escatiman energías para alcanzar un futuro próspero y feliz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario